No le temo al miedo.
Le temo al silencio que lo cubre.
El miedo es la primera imagen que aparece.
No como forma, sino como tensión.
Como una sombra que respira detrás de los párpados cerrados.
Muchas veces pinto aquello que no quiero mirar.
La infancia que pesa.
El recuerdo que arde.
La sensación de estar sola incluso en medio del ruido.
Pero cuando lo llevo al lienzo, algo cambia.
El miedo deja de perseguirme.
Se convierte en materia.
En textura.
En carne visible.
Pintar el miedo es domesticarlo sin suavizarlo.
Es darle un cuerpo para poder atravesarlo.
Cada obra es una confrontación.
Y también una reconciliación.
Porque el miedo, cuando se mira de frente,
deja de ser enemigo
y se convierte en maestro.
