Siempre me preguntan por qué pinto monstruos.
Y la verdad es que no los pinto.
Los recuerdo.
Mis monstruos no nacen del terror externo.
Nacen de emociones que no supe nombrar cuando era niña.
De silencios largos.
De miradas que no entendía.
De sensaciones que se quedaron suspendidas en el cuerpo.
El monstruo es una forma que toma lo invisible.
Es la representación de algo que existía antes de tener lenguaje.
Cuando los pinto no intento hacerlos más bellos ni más oscuros.
Intento hacerlos honestos.
Porque en cada figura deformada hay una parte de mí
que necesitaba ser vista.
Mis monstruos no vienen a asustar.
Vienen a reclamar espacio.
Y cuando alguien se reconoce en ellos,
sé que no estoy pintando criaturas…
estoy pintando memorias compartidas.
